.jpg)
Miéntele.
Por: Paty Castaldi
La verdad es que nunca me permitiste mentirte, ni mentirme. Tus ojos mataban cada palabra que quería salir de mi y que sobraba en el espacio, me cortaban la respiración como un arma muy filosa y para no seguir así te suplicaba que pararas con esa tortura y te decía toda la verdad.
Al llegar el sol, me arrepentía una y otra vez por no haberte mentido, y todavía acostada desnuda, me retorcía llorando y jurando que algún día llegaría esa mentira.
De nuevo la noche llegaba y con ella llegabas tu, besándome hasta dentro de los poros y tócandome hasta los huesos, otra vez me derretía con el calor de tu cuerpo sin importar el frio de tus palabras me entregaba a ti deseosa de mentir una y otra vez. Me mirabas y me desnudabas el alma buscando la verdad. Dímelo, me decías en el oido mientras me demostrabas que eras el mejor en la cama y yo mordía la almohada para que no pudiera escapar ningún sonido, ninguna vocal. Dímelo, repetías hasta dejar escapar un ligero indicio de enojo en tu voz. Mentir, mentir... Tengo que mentir. Pero entonces llegaba esa mirada, dejándome sin oxigeno, abriendo mis pulmones, deteniendome el corazón.
Te amo, decía vencida. Te amo, te amo y siempre te amaré. No importa quien seas, no importa que hagas. Siempre te amaré. Y después de eso la noche se quedaba en paz, el aire fresco se metía entre las sabanas, me aferraba a tu espalda para dormir sin frio y tu me tapabas más para dormir libre de mi. Al despertar en la mañana, por más temprano que lo hiciera, tu ya no estabas y nunca había una nota, una rosa ni un olor. Lloraba y juraba no volver a hablarte de mi amor, lo juraba y me maldecía, pensaba que con una mentira todo cambiaría para bien, para mi propio bien.
Una noche, llegaste como de costumbre abrazándome y besándome como si nada hubiera pasado, pero había algo diferente, el calor de tu cuerpo se podía sentir también en tu alma y como siempre comenzaron los rituales del amor; una vez más mi mentira huyó para dejar salir la verdad, entonces dijiste algo que cambió todo. Dijiste que esta iba a ser la primera noche en que no me abandonarías. He decidido cambiar. Esas palabras retumbaron en mi mente una y otra vez. ¿Cómo? grité. ¿Ya no serás un asesino? Me miraste y sonreíste, la respuesta estaba de sobra.
Mi princesa, gracias a tu amor he decidido cambiar, ya no seré malo. Ahora sólo me dedicaré a ti. No te preocupes, ya no mataré a nadie más.
Mi vida terminaba ahí, no lo pude creer. Quizá sí hubiera sido bueno decir alguna vez un te odio en lugar de un te amo. Quizá si hubiera puesto dramatismo a mi mentira la habrías creído y quizá habrías cumplido con tu promesa de asesino, la que alguna vez me hiciste después de que yo descubriera por mis propios ojos tu profesión viéndote matar a un niño.
Si alguna vez me dejas de amar te cortaré en pedacitos como lo hice con ese niño, y si me mientes alguna vez primero te quemaré.
La verdad es que prefería morir antes de seguir amándote...